Alquimia de los estilos afectivos: Pareja y Resiliencia.

por Boris Cyrulnik
Cuando se forma una pareja, tiene que surgir a un tiempo el deseo y la voluntad de establecer un vínculo.
Ahora bien, en el transcurso del desarrollo del niño, el aprendizaje de estas dos formas de amar ha tenido un carácter disociado e incluso conflictivo, ya que el adolescente sólo puede sentirse cómodo si deja brotar el deseo en un lugar distinto al de su familia de origen. Cuando este joven se convierta en padre, el campo sensorial que ofrezca tutores de desarrollo al niño, estará constituído por la combinación de los estilos afectivos de los padres. 
Ahora bien, ciertas combinaciones amenazan la integridad de uno de los miembros de la pareja, mientras que otras permiten que se retome la evolución de un vínculo que anteriormente había sido mal tejido. 
Supongamos que el Señor Seguro se casa con la Señora Segura. Tejerán entre ambos un vínculo de carácter ligero, lo que no quiere decir que sea superficial. Se querrán mucho, profundamente tal vez, pero el vínculo será ligero porque cada uno de ellos habrá adquirido en su infancia la confianza fundamental, la que proporciona el placer de descubrir al otro y de amarle tal como es.  Estas parejas comparten felizmente la vida cotidiana, se separan por un tiempo si es necesario, pero se reencuentran con gusto para contarse sus aventuras sociales.

El Señor Angustia tendrá pocas posibilidades de conocer a la Señora Angustia, ya que ninguno de los dos sabrá ponerse al alcance de las flechas de Cupido. Estorbados por sus sufrimientos, ambos se debatirán sin cesar para soportar el instante sin soñar con el porvenir. En cambio a veces sucede que la Señora Angustia conoce al señor Ambivalente, que ha adquirido el deseo de reparar a una mujer. Puede suceder que el Señor Temoperder conozca a la Señora Medisgustalavida y que esa alianza les permita evolucionar: la simple presencia estable y apagada de ella le da seguridad a él, lo cual vuelve más dinámica a la mujer. 
La formacion de parejas, genera muchas otras combinaciones.
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Estas parejas en las que uno actúa como terapeuta del otro NO son raras. Se comportan como "verdaderas" parejas siempre y cuando sus miembros puedan volver a negociar los términos de su contrato, ya que en el caso que sean exitosos en los términos del contrato inicial (que se logre lo que inconscientemente uno espera del otro) finalmente dejarán de tener razones para seguir viviendo juntos. ¿Cómo es eso?

La dificultad se plantea, por ejemplo, cuando el marido o la mujer modifican y fortalecen sus recursos internos gracias a la permanencia afectiva del cónyuge, y entonces alguno de los dos, gracias al otro, adquiere el vínculo seguro que le da fuerzas para amar de otra forma...
¡a otro u otra!  (Sí él no hubiera sido tan amable, si se hubiera ocupado menos de ella, tal vez su mujer hubiera aprendido a ser más sociable, y tal vez la pareja hubiera vuelto a negociar  su estilo tejiendo un vínculo más ligero?)

El primer amor es una segunda oportunidad, el segundo amor es una tercera oportunidad, y los amores posteriores pueden llegar a ser una desgracia , si no dan tiempo suficiente a que surjan otros aprendizajes.
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La alianza de los estilos afectivos de la pareja se realiza desde los primeros encuentros, cuando uno y otro miembro de la pareja al percibir al otro, esperan  obtener de él la satisfacción de una necesidad y de un deseo.

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También podríamos decir: "Lo que yo percibo del otro despierta las huellas de mi pasado y provoca mi necesidad de volver a hallarlas. Me implico en la pareja que he constituído llevando como bagaje mis sueños de futuro y mis cuentas pendientes. Con este capital de recuerdos, de emociones y de deseos firmamos el contrato implícito que constituirá el tema de nuestra vida familiar"
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A veces la alianza NO beneficia a uno de los miembros de la pareja A MENOS QUE  
el otro no se encuentre bien.  
El Señor On/Off quería mucho a la Señora Juntoaél, pero no conseguía comprender lo que el llamaba sus "cortocircuitos". La metáfora le había venido a la cabeza porque era químico y para él todo era rotundo: o se amaban o no se amaban, las cosas estaban ON o estaban OFF. Lamentablemente, sólo había corriente cuando la Señora se sentía ansiosa. Ella sentía a menudo fuertes accesos de angustia, en el transcurso de los cuales sólo experimentaba alivio junto a él. Se le echaba al cuello y se apretujaba contra él, como había aprendido a hacer con su madre. Sin embargo, cuando el acceso de angustia se calmaba y él se le acercaba, ella lo veía como un intruso y lo mandaba a paseo. Ella sólo le quería cuando se sentía mal. 
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La señora Yoprimero se había casado con el Señor Ellaprimero y todo el mundo admiraba a esta pareja tan unida. Hasta el día en que el señor tuvo un lapsus trágico: mientras argumentaba que su pareja no tenía ningún problema, dijo: "Mi mujer y yo nos respetamos. Ella hace lo que quiere. Y yo hago, lo que ella quiere". Esta revelación involuntaria se vio seguida de un largo silencio.  El señor Ellaprimero intentó ocuparse un poco menos de su mujer, pero no lo consiguió porque en su infancia había adquirido un estilo afectivo tan desesperado que había llegado a la conclusión de que sólo podría constituir una pareja, si se avenía a seguir en todo a su adorada.  Esta estrategia afectiva terriblemente costosa le aportaba un beneficio enorme, ya que poco a poco le permitía aprender a amar de una forma más ligera, cómo quien tiene un vínculo seguro.

La evolución afectiva es por tanto posible.
El estilo afectivo que se adquiere en la infancia es una tendencia que orienta las relaciones posteriores, pero no es una fatalidad que petrifique el amor. La pareja enamorada, entendida como el más pequeño sistema grupal familiar posible, constituye el lugar de las interacciones y el momento propicio en el que se pueden reorganizar los aprendizajes:
Este estilo relacional no es la suma de los vínculos de cada uno de los miembros de la pareja, es un producto de ambos, una creación.
La pareja enamorada comparte lo que inventa, beneficiándose de ello, o padeciéndolo.

Fragmentos adaptados del libro: "El amor que cura" de Boris Cyrulnik pág 103-107, Gedisa Editorial, 2005, Barcelona.

Ilustraciones: Obras de Fernando Botero.